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La ‘televisión’ de Facebook . Los gustos de los espectadores marcarán el devenir del sector

El anuncio de Facebook sobre su apuesta por producir series y programas propios para ser difundidos a través de su plataforma ha generado un comprensible y, al mismo tiempo, controvertido debate sobre la dimensión “televisiva” que pretende alcanzar la compañía de Mark Zuckerberg

«Facebook se lanza a la conquista de la televisión», titularon muchos medios para ilustrar el alcance de una estrategia largamente rumoreada sobre la que afianzar el dominio a nivel mundial de esta red social con 1.871 millones de usuarios activos, el 55% de los cuales la emplea a diario, según el informe Digital in 2017.

En realidad, lo que esta decisión evidencia es la vertiginosa evolución del escenario global donde hoy compiten las compañías dedicadas al ocio y al entretenimiento, cuyas lógicas han superado las inercias y procesos ligados a los canales y sistemas de distribución del entorno analógico. Con internet emergió un proceso transversal de irreversible convergencia entre dispositivos y redes que ha obligado al ecosistema mediático a satisfacer una premisa ya incuestionable para unos usuarios que vivimos always on: cualquier contenido comunicativo ha de ser diseñado y producido para su acceso y consumo en cualquier momento, desde cualquier lugar y a través de cualquier dispositivo (anytime, anywhere, any device).

Los ‘smartphones’ y la revolución audiovisual

Semejante evolución ha desdibujado el significado de conceptos antes inequívocos: la fulgurante irrupción en el mercado audiovisual de actores tan ajenos al negocio tradicional como Apple, Netflix, Google, Amazon o Spotify, que en muy poco tiempo han crecido hasta disputar el liderazgo a las compañías clásicas de cada sector, suscita en estas últimas una recurrente y fascinante discusión: ¿se puede llamar ‘televisión’ al contenido que creará Facebook? ¿Y al que también lanzará YouTube o el que ya distribuye la empresa de Cupertino o el que desde hace meses ofrece la red social Snapchat?

Más aún, ¿por qué se cuestiona estos días que sean consideradas ‘cine’ las películas que ha producido Netflix para su plataforma de contenido a la carta? ¿Dejaban de ser cine las películas estrenadas en grandes salas cuando se emitían en cadenas de televisión? ¿Qué ocurre cuando una webserie (nacida en la red, de ahí su nombre) trasvasa el entorno digital para emitirse en una programación lineal? ¿Cambia solo el género o también sus códigos narrativos y artísticos? Llegados a este punto, la pregunta resulta inevitable: ¿cuáles son entonces los códigos que determinan la naturaleza de un producto audiovisual en el entorno digital?

El abanico de preguntas crece exponencialmente si conjugamos, además, las prestaciones tecnológicas que renovarán la difusión de contenidos y las experiencias de usuarios y espectadores

La reflexión, por supuesto, resulta extrapolable a otras industrias culturales igualmente afectadas por la progresiva hibridación de contenidos, tecnologías y dispositivos de consumo. Por ejemplo, ¿cabe considerar como ‘radio’ el servicio personalizado de música por streaming de Spotify? ¿Acaso pierden su condición de ‘radios’ las fórmulas hertzianas de música automatizada y sin disc jockeys que se limitan a combinar canciones e indicativos de la emisora? ¿Cómo llamar a los canales que las propias TVs comerciales han abierto en YouTube y que en algunos casos –como Flooxer, de Atresmedia– se conciben como ‘laboratorios’ para experimentar con formatos potencialmente televisables? ¿Y los que retransmiten eSports, las competiciones online de unos videojuegos que emergieron a medio camino entre juguetes y deportes y se han convertido en una industria que factura más que la musical y la cinematográfica juntas y brinda contenidos y escaparates para ambas?

La revolución tecnológica en el ámbito televisivo se vislumbra mucho más determinante a partir de la identificación de los gustos del usuario que por la mejora de las técnicas de producción y distribución de contenidos

El abanico de preguntas crece exponencialmente si conjugamos, además, las prestaciones tecnológicas que renovarán la difusión de contenidos y las experiencias de usuarios y espectadores: sin ir más lejos, el operador británico BT Sport retransmitirá en 360º a través de YouTube y de la aplicación BT Sport Virtual la final de la UEFA Champions League entre el Real Madrid y la Juventus el próximo 3 de junio, de forma que cada espectador podrá personalizar el visionado del partido seleccionando el punto de vista de la cámara. ¿Cómo ‘apellidar’ la realidad virtual aplicada a una retransmisión en directo?

Con todo, la revolución tecnológica en el ámbito televisivo se vislumbra mucho más determinante a partir de la identificación de los gustos del usuario que por la mejora de las técnicas de producción y distribución de contenidos (una variable constante en la historia del medio). Si la multiplicación de pantallas y la preferencia del vídeo como lenguaje favorito en la red ha erosionado el impacto de las programaciones basadas en captar audiencia para la venta de publicidad, la proliferación de plataformas de vídeo bajo demanda (VOD) está quebrando el otro gran modelo de negocio televisivo previo a internet: el de los canales de pago.

¿Quién manda en tu mando?

La disrupción que representa Netflix en el mercado de TV no se explica solo por la oferta –a un precio muy asequible– de un inmenso catálogo audiovisual con títulos exclusivos asimilables a los de operadores tan consolidados como HBO, en su día paradigma de la ficción de calidad; tampoco por la ruptura de la frecuencia semanal para estrenar los capítulos de una serie (auspiciada por la empresa de Ted Sarandos y Reed Hastings, la práctica el binge-watching se ha extendido hoy incluso a las cadenas en abierto), ni siquiera por su presencia global en 190 países. No, la gran innovación de Netflix se asienta en el big data, traducido en la codificación de hasta 76.000 categorías de contenidos que le permiten recabar e identificar con minucioso detalle las preferencias y gustos de sus usuarios a fin de garantizar su satisfacción, mantener su fidelidad y ganar nuevos clientes.

Son precisamente los algoritmos, esenciales en la construcción del muro al que accede cada usuario de Facebook, los que confirmarán la viabilidad y el éxito de una propuesta inicialmente basada en series de diferente duración (algunas de 5 minutos, para consumir en “tiempos muertos”), monetizables con publicidad asociada a nuestro perfil y que se nos mostrarán entre noticias de toda índole y procedencia, actualizaciones de seguidores, recordatorios de eventos, juegos o fotografías hasta conformar un interminable e incombustible repertorio personalizado de opciones para la distracción y la evasión. No se llamará televisión, ni vídeo, ni siquiera contenido audiovisual. Será simple y llanamente entretenimiento. El entretenimiento-digital-total.

Escrito por

Periodista. Doctor en Comunicación Audiovisual. Catedrático de Estructura de la Comunicación en la Universidad Pontificia de Salamanca.

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