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Televisión de pago . El videoclub en versión digital remueve los cimientos de la industria

El afianzamiento de las plataformas de vídeo a la carta modifica los hábitos de consumo audiovisual y obliga a la industria a renovar sus estrategias. El vídeo bajo demanda vuelve y pone en riesgo la televisión de pago.

Sea cuestión de moda o simple coleccionismo, el inesperado resurgir del vinilo como soporte musical ha servido para recuperar uno de los iconos más representativos del entretenimiento analógico: como objetos culturales, el LP y el single se asociaron a partir de los sesenta a la distracción, la diversión y el placer, gratificaciones parecidas a las que en los ochenta despertaron el vídeo doméstico y las cintas alquiladas en los videoclubes. En plena efervescencia de un ecosistema digital que hoy brinda el acceso inmediato y personalizado a un flujo inagotable de contenidos desde todo tipo de pantallas (televisión de pago), conviene recordar que el VHS supuso en su momento la primera vía para escapar de aquel modelo de difusión audiovisual que imponía horarios, receptores y lugares de consumo.

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Presentes casi en cada manzana, los videoclubes facilitaron el disfrute de un catálogo de películas cada vez más amplio y variado que el usuario podía elegir y ver en casa según sus gustos, su conveniencia y su tiempo, pero nadie los consideró entonces un desafío a la industria televisiva. No sucedió cuando uno de ellos, Netflix, decidió en 1999 aplicar una tarifa mensual por un número ilimitado de préstamo de DVD. Tampoco cuando en 2007 puso en marcha la distribución de películas en streaming. Ni siquiera tras estrenar en 2012 su primera ficción propia, Lilyhammer, una serie de ocho capítulos protagonizada por Steven Van Zandt, disponible únicamente para sus clientes. Y eso que ya estaban preparando el lanzamiento de House of Cards

El rotundo éxito de los enredos de Frank Underwood no solo encumbró al equipo técnico y artístico de aquella producción, sino que comenzaría a consolidar un sistema de comercialización audiovisual inédito: el de las plataformas de vídeo bajo demanda (VOD) como “televisiones” en la nube (OTT). La decidida apuesta de Reed Hastings, consejero delegado de Netflix, por incrementar el repertorio de títulos exclusivos se tradujo en un crecimiento exponencial de abonados que se multiplicaría con su expansión a nuevos territorios: al comenzar 2018, la compañía se halla en más de 190 países, supera los 117 millones de suscriptores en todo el mundo y va a destinar 8.000 millones de dólares a contenidos propios de televisión de pago para seguir aumentando esa ingente, diversa y segmentada colección. Tanto que para una creciente base de usuarios se ha convertido en alternativa a la televisión lineal, la que se paga dedicando tiempo a los anuncios de las cadenas en abierto o mediante una tarifa a los operadores de pago.

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Solo diez años después de que Netflix comenzase a distribuir películas online y apenas cinco desde que probase a crear sus propias historias, el conjunto de plataformas de vídeo bajo demanda se ha erigido en una seria competencia para la tradicional TV de pago, hasta ahora única alternativa para degustar una parrilla de calidad –sobre todo en ficción y eventos deportivos– no desnaturalizada por la publicidad ni sujeta a las vicisitudes del audímetro. Antes de que irrumpiese internet, la oferta de suscripción se supeditaba a las tecnologías del cable y el satélite, y se materializaba en nutridos paquetes de canales temáticos orientados a diferentes públicos y áreas de interés a cambio, eso sí, de una significativa cuota mensual.

Sin embargo, la mejora de la conectividad y la mayor capacidad de las redes fijas y móviles han relegado a un segundo plano el otrora imprescindible televisor –y las costumbres en torno a su contemplación– hasta el extremo de que en Estados Unidos se ha acuñado el término Zero-TV homes para designar los hogares cuyos residentes recurren a pantallas móviles para consumir vídeo de canales en línea (IPTV) o servicios bajo demanda (OTT). De hecho, hay más de 8.000 millones de dispositivos conectados a la red, todos útiles para ver contenido audiovisual, y precisamente sobre ellos se está consolidando la penetración de este nuevo paradigma que la consultora Kleiner Perkins sintetiza como el tránsito desde “un mercado de millones” a “millones de mercados de uno”.

El recién editado informe de la Fundación Telefónica Sociedad Digital en España 2017 confirma que el consumo multipantalla, descentralizado y ubicuo por la convivencia de consolas, tabletas, ordenadores y teléfonos inteligentes ha acelerado la disrupción del sector, si bien defiende la complementariedad de modelos: “la mayoría de internautas pagan ya por uno u otro servicio y, en general, no son sustitutivos ni excluyentes, pues la mayoría de los usuarios es cliente de distintas plataformas al mismo tiempo”.

En efecto, la coexistencia de tecnologías –cable, satélite e internet– y la huella de las marcas tradicionales –Canal+ fue entre 1990 y 2015 el único emblema en nuestro país de una programación premium­se traduce aún en cierta preferencia por los players veteranos: Movistar+ cerró 2017 con más de 3.600.000 suscriptores como televisión de pago, Vodafone con más de 1.309.000 y Orange con 520.000. Seis millones de hogares consumen esta modalidad en España y, según la consultora Barlovento Comunicación, su cuota de pantalla registró el año pasado el mejor dato histórico, 22,3%, que equivale a más de 15 millones de personas y supone un tercio del total del universo de consumo.

Sin embargo, las singulares peculiaridades de los “videoclubes digitales” –tarifa asequible, contenido diferencial, acceso multidispositivo y recomendación predictiva–, junto al irreversible asentamiento de la cultura de consumo digital –any content, anytime, anywhere, any device– han obligado a la industria broadcast a desplegar nuevas estrategias: sucedió en EE.UU., donde el simbólico y modélico canal de televisión de pago HBO se vio forzado en 2015 a diseñar la versión en streaming HBO Now para combatir el cord-cutting (bajas de abonados a los servicios de cable para contratar TV online). Y sucede también en España, donde Movistar+ acaba de anunciar la integración de los contenidos de Netflix en su interfaz para disuadir las posibles disyuntivas entre sus abonados. Además, potenciará la producción de contenidos propios de ficción que tan buenos réditos de audiencia y marca parecen estar otorgándole desde el estreno de Vergüenza, La Zona o La Peste, y renovará su parque de decodificadores para que puedan sintonizar las señales 4K que hasta ahora solo sirve Netflix.

La gran novedad de este modelo de televisión de pago sería su renuncia a un ingrediente que se antojaba indispensable en la oferta tradicional de pago: el fútbol, cuyos derechos se han revelado inasumibles porque no pueden repercutirse sobre la suscripción y por ello resultan imposibles de amortizar. Sorprendentemente, los mejor situados para pujar por ellos son los actores recién llegados al nuevo escenario: Amazon quiere optar a la subasta que adjudicará en el Reino Unido la transmisión de la Premier League de 2019 a 2022, y también se ha interesado por el contrato para difundir en España los partidos de la Liga de Fútbol Profesional a partir de la temporada 2019/20. Parece mentira, pero el contenido de pago se muda a los herederos del videoclub: ¡cómo ha cambiado la película!

Escrito por

Periodista. Doctor en Comunicación Audiovisual. Catedrático de Estructura de la Comunicación en la Universidad Pontificia de Salamanca.

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