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El peligro de las “fake news” . Informaciones falsas que ponen en riesgo nuestra libertad

El auge de las fake news ha llevado a los gobiernos de varios países a plantearse medidas de tipo legal para intentar frenar su expansión. Las informaciones falsas, que han ganado protagonismo en los últimos años, suponen un riesgo para la libertad y un peligro para la sociedad. 

El domingo 4 de diciembre de 2016, un nutrido grupo de comensales cenaba tranquilamente en una pizzería de Washington D.C. cuando entró un joven armado y, después de amenazar a los presentes, comenzó a disparar su rifle automático. Afortunadamente, lo hizo al techo y no hubo que lamentar muertos ni heridos. Aquella noche pudo haber ocurrido una más de esas matanzas que cada cierto tiempo se producen en Estados Unidos. Pero en esta ocasión había un detalle que hacía esta historia singularmente representativa de otro fenómeno de mucho mayor alcance.

Este joven, que había conducido esa noche 600 kilómetros para realizar su heroica acción, lo había hecho siguiendo las falsas informaciones difundidas al calor de la campaña electoral protagonizada por Donald Trump. Estas informaciones apuntaban a que esa pizzería, gestionada y frecuentada por políticos y simpatizantes liberales de la capital federal, era en realidad la tapadera de una red de pederastia y sacrificio de menores, en la que estaban involucrados algunos demócratas cercanos a los Clinton, entre ellos quien había sido jefe de Prensa de Bill Clinton y colaborador ahora en la campaña de Hillary.

Hasta aquí, podríamos estar ante un ejemplo más de una teoría conspirativa para locos crédulos si no fuera porque este tipo de noticias falsas no ha dejado de ganar protagonismo en los últimos años. Y lo ha hecho, además, en acontecimientos políticos de singular trascendencia, desde el brexit en Reino Unido hasta la elección de Trump en Estados Unidos, pasando por algunas falsas imágenes difundidas aquí con motivo del proceso independentista en Cataluña. Todo esto ha llevado a los responsables del Diccionario Oxford a elegir fake news como la palabra más representativa de 2017. Si recordamos que ya en 2016 había sido elegida posverdad como palabra del año, nos damos cuenta de que no soplan buenos tiempos para la información rigurosa y la verdad.

Del alcance e importancia de estas falsas noticias da buena prueba el éxito que tuvieron en la parte final de la última campaña presidencial de Estados Unidos y, posiblemente, en la elección final de Trump. En el período de agosto a la fecha de las elecciones, estas fake news llegaron a ser más seguidas que las noticias de los medios tradicionales. Algunas tuvieron un impacto sin precedentes en una campaña electoral, como la “noticia” que afirmaba que el papa Francisco apoyaba a Trump, con 960.000 engagments; o que Hillary Clinton había vendido armas al ISIS, con 790.000. Diez de las veinte noticias más seguidas fueron difundidas por Ending the Fed, una publicación de la derecha más radical o alt-right estadounidense. Pero en esta particular ceremonia de la confusión hubo otros “pescadores” llamativos: varias de estas noticias resultaron tener su origen en Macedonia, donde un grupo de jóvenes había encontrado en la difusión de estas falsedades una importante fuente de ingresos, a través de la publicidad asociada, llegando a ingresar, según sus declaraciones, más de 60.000 dólares al mes en la parte final de la campaña.

La ganancia de unos pocos podría significar la ruina de muchos otros. El resultado de este éxito de las fake news es que el país más poderoso -y armado- del planeta está ahora en manos de un populista del que no se sabe bien qué podemos esperar. Así, sin salirnos de este tema, a principios de este año el presidente Trump acaba de otorgar unos premios fake news; a qué medios: pues a algunos de los más serios e importantes del país, como la CNN, The New York Times, Newsweek, The Washington Post, etc. Más leña al fuego. Cuáles sean las consecuencias últimas de esta presidencia todavía están por ver, pero ya ha sentado un importante precendente para que políticos y grupos populistas de otros tantos lugares sigan su ejemplo, lo que en tiempos de desafección democrática como los nuestros podría ser muy peligroso.

El caso Pavlov, un aviso de la amenaza que suponen las ‘fake news’ para las instituciones

No nos extrañe, pues, que en muchos lugares se haya decidido tomar cartas en el asunto para tratar de hacer frente a esta epidemia. Pero de momento nadie parece haber dado con el antídoto. Los grandes nombres del universo-red, particularmente el que más ha contribuido al éxito de estas noticias falsas, Facebook, han lanzado ya varias propuestas que más bien parecen reflejar que no sabe muy bien qué hacer. Así, Facebook primero se lavó las manos; luego, cuando vio que no resultaba creíble, anunció que iba a invertir para supervisar estas informaciones; después, difundió una serie de recomendaciones para que fuera el público -y no ellos- quien estuviera más “atento” frente a estas falsas informaciones; y lo último que acaba de anunciar es que optaba por quitar relevancia a todas las informaciones y noticias como forma de prevenir la difusión de falsedades. En el plano político también se han producido diferentes iniciativas, desde el Parlamento inglés al Consejo de Europa, pasando por las declaraciones de figuras como Angela Merkel o Emmanuel Macron, que han anunciado su voluntad de enfrentar este fenómeno, dados los riegos que supone para la vida e incluso la estabilidad política de nuestras democracias.

La propuesta de Macron, lanzada a comienzos de este año en el tradicional encuentro con la prensa en el Elíseo, iba en la línea de endurecer los castigos penales para este tipo de noticias. Pero fue rápidamente respondida desde los medios, siempre recelosos ante el riesgo que este tipo de medidas legislativas o políticas entrañan para la libertad de información y de opinión.

Pero lo cierto es que el alcance de este fenómeno obliga a tomar medidas. Es necesario que los medios tradicionales y los periodistas den una vuelta de tuerca a las exigencias de comprobación y verificación de las informaciones. Lo que pasa también por rebajar su obsesión con la velocidad y ahora también con los clics; sin olvidar la necesidad de revertir el deterioro de las condiciones de trabajo de las Redacciones, acentuado tras estos años de crisis. El rigor legal quizás deba reservarse para regular las prácticas de los robots -y sus responsables: detrás de todo robot siempre hay alguien que diseña e introduce los algoritmos que los “mueven”, ya que estos juegan un papel trascendental a la hora de difundir y poner en primera plana de la red estos contenidos basura. También tiene mucho que reflexionar el mundo de la publicidad, particularmente acerca de las consecuencias que puede tener su inversión con arreglo a medidas de relevancia puramente cuantitativas, “ciegas” respecto a los contenidos a los que se asocian y al daño que pueden acabar produciendo. Y quizás lo más necesario y útil de cara al futuro: formar a los más jóvenes en el uso responsable de las nuevas tecnologías y en prevenir los riesgos asociados, a los que ellos mismos pueden contribuir sin ser conscientes de sus implicaciones.

La trampa del click-bait: Si continúas leyendo seguro que no picarás el cebo

Precisamente estos días se discute en nuestro Parlamento la posibilidad de introducir una materia en la educación secundaria para formar sobre el uso de los medios y las nuevas tecnologías, en la que temas como el que nos ocupa deberían tener un protagonismo fundamental. Esperemos que nuestros políticos sean capaces de adoptar medidas como esta, a “la altura de los tiempos”, antes de que quizás tengamos que lamentarlo más.

Hace ahora justo un siglo, en el marco de la resaca de la propaganda de la Gran Guerra y la desinformación del primer Red Scare, provocado por la Revolución Soviética, Walter Lippmann escribió su pequeña obra Libertad y prensa, la primera reflexión contemporánea sobre la información en el mundo globalizado y complejo que estaba naciendo. Allí escribió algo que sigue siendo igual o más válido ahora: “La libertad es el nombre que damos a las medidas mediante las cuales protegemos e incrementamos la veracidad de la información sobre la base de la cual actuamos”.

Sin información verdadera no puede haber libertad, puesto que elegiremos engañados o confundidos. Es crucial que todos recordemos esta recomendación de Lippmann; incluso la próxima vez que vayamos a una pizzería.

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Escrito por

Profesor Agregado de Ética de la Comunicación e Historia del Pensamiento Político y Director del Dpto. de CC. Política, Ética y Sociología de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Miembro de la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología de la FAPE.

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