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Buen periodismo y sólidos informadores son el antídoto contra las ‘fake news’ y la posverdad

Las fake news han desatado guerras mundiales, han enfrentado a España con Estados Unidos por Cuba y han conducido la estrategia del brexit o el intento de independencia en Cataluña. Las noticias falsas en las redes sociales se convierten en posverdad. Buen periodismo y sólidos profesionales es el antídoto para luchar contra la nueva lacra del siglo XXI.

A la célebre frase del tercer presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, “prefiero periódicos frente a un gobierno que un gobierno sin periódicos”, habría que añadir hoy, pensando en Cataluña y en estos tiempos de crisis de la prensa y auge de la posverdad y las noticias falsas (fake news), esta otra: prefiero un gobierno sin periódicos que un gobierno con periódicos (y otros medios de comunicación) genuflexos ante el poder y comiendo su plato de lentejas.

Las fake news han existido siempre y en muchos casos han servido para declarar guerras cruentas e incruentas. Entre las primeras, cabe reseñar tres: la de Cuba, entre Estados Unidos y España, por el hundimiento del acorazado USS Maine en el Puerto de La Habana, que la opinión pública estadounidense achacó a España por culpa de las proclamas incendiarias de su prensa sensacionalista (amarillista) realizadas por William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer: “¡Recordad el Maine, al infierno con España!”; la Primera Guerra Mundial, desatada tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, llevado a cabo por Gavrilo Princip, militante de la organización pro serbia Joven Bosnia y afiliado a la secretísima Mano Negra, y que Austria acusó falsamente a Belgrado de estar detrás del atentado, declarando la guerra a Serbia; y la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Polonia por Alemania, bajo la acusación de que soldados polacos habían matado a otros alemanes y que luego se demostró que el ataque lo ejecutaron fuerzas germanas por orden de Berlín.

Entre las incruentas fake news actuales, destacan, además del brexit, la estrategia independentista en Cataluña, consistente en esparcir patrañas mediante la utilización masiva de personas físicas y jurídicas compradas y subvencionadas por los gobiernos secesionistas de Mas y Puigdemont, y avivando el sentimiento independentista de un millón de catalanes recalcitrantes que siguen creyendo que, en 1714, Cataluña participó en una guerra de independencia frente a España y no en una guerra de sucesión al trono de España entre los partidarios de la Casa de Habsburgo (austracistas, mayoritarios en la Corona de Aragón y minoritarios en la Corona de Castilla) y los que preferían la Casa de Borbón (mayoritarios en Castilla y minoritarios en Aragón). Para la Monarquía Hispánica, esta guerra supuso la pérdida de sus posesiones europeas (Tratado de Utrecht) y la desaparición de la Corona de Aragón, que finiquitó el modelo “federal” de monarquía o “monarquía compuesta” de los Habsburgo españoles.

Ese millón de contumaces que añoran algunas leyes e instituciones propias del Principado de Cataluña perdidas con el Decreto de Nueva Planta de Felipe V (1715) ha crecido en los últimos diez años hasta los 2,5 millones, merced al adoctrinamiento (La estrategia de recatalanización, publicado por El Periódico de Cataluña el 28 de octubre de 1990) que muchos gobiernos catalanes han alentado desde las aulas (el 61% de sus docentes se declaran independentistas y, por eso, Irene Rigau, consejera de Educación en 2011, se jactaba de haber “catalanizado el sistema educativo”), merced a la deslealtad de los medios de comunicación públicos y privados -rendidos al poder y pagados de distintas maneras-, inoculando el odio y sirviendo como instrumento de propaganda (recuerde el España nos roba, a todos los periodistas puestos en pie aplaudiendo a sus políticos cuando el Parlament aprobó el Estatut y los editoriales conjuntos retando al Tribunal Constitucional), y merced a la confección de aquella y otras teorías y fake news distribuidas y pronunciadas en medios de comunicación extranjeros y foros académicos internacionales con intervinientes debidamente retribuidos. Y todo ello coincidiendo con la pérdida de presencia visual del Estado en Cataluña con el mirar para otro lado de los dos grandes partidos constitucionalistas, PSOE y PP, y con gran parte de la prensa nacional jugando a la equidistancia, aceptando el empleo de su perverso lenguaje, tratando como interlocutores legítimos a quienes proponían la ruptura con España y creyendo que el ‘procés’ era una estrategia para otros fines, generalmente económicos, y no para el importante y trágico: la secesión.

Ahora, tras la aplicación suave del artículo 155 de la Constitución y la convocatoria de elecciones autonómicas, hay una ventana de cinco-ocho años, a juicio de muchos catalanes catalanistas y españoles, para recuperar ese millón y medio de conversos y dejar en el millón los incorregibles con los que, como dijo José Ortega y Gasset en sus discusiones parlamentarias con Manuel Azaña (Se nos ha dicho: “Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la Monarquía no acertó a solventar”. Y aclara el filósofo: “El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo (…) y lo seguirá siendo mientras España subsista”), hay que continuar conllevándose porque es asunto irresoluble y ni la gobernanza de España mediante un eje Madrid-Barcelona, que se intentó pero negó y prohibió Jordi Pujol y habría que volver a procurar, acabará con las ensoñaciones.

Es verdad, como dice el jurista y filósofo Javier Gomá, que “el adoctrinamiento franquista en los años 40, 50 y 60 tuvo como consecuencia una España democrática, liberal y libertaria en la que se podía ser de todo, menos franquista” y que “cuando se moldea una conciencia colectiva puede ocurrir que, al final, esa sociedad se vuelva contra aquello que se le intenta inculcar”, hasta el punto –subraya con optimismo- que “(en Cataluña) ni la educación reglada, ni la inmensa maquinaria de propaganda institucional, ni la utilización abusiva de la televisión pública, ni los periódicos más importantes, ni el uso de las redes sociales pueden impedir que, aunque intenten inculcar una idea en la sociedad, el resultado no sea el contrario”. Ojalá sea así, pero como medida profiláctica hay que luchar contra el adoctrinamiento y contra las mentiras porque la diferencia entre estas y la posverdad, estriba, como define el Diccionario Oxford, en que la última “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”, o, como editorializó antes y con más precisión periodística The Economist,  en que la posverdad “es una confianza en afirmaciones que se sienten verdad pero no se apoyan en la realidad”. En una palabra, que puede ser una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia o como hecho compartido en una sociedad. Por eso, y para no caer en la trampa y defender la democracia, se requiere una ciudadanía instruida que, como señala Takis Metaxas, investigador en Wellesley y Harvard, “comprenda la propaganda, emplee el pensamiento crítico y se dé cuenta de sus propios prejuicios”.

Las fake news se combaten con buen periodismo y sólidos periodistas. El primero es un ejercicio intelectual con reglas y el segundo una persona de cultura, con un profundo sentido de la ética y de la responsabilidad, que tiene que ser libre, experimentado, independiente, honesto y humilde; a la búsqueda constante de la verdad y verificando todo con transparencia y escepticismo. Y este periodismo está comatoso en Cataluña y débil en el resto de España. Pero hay que recuperar a ambos en todos los soportes y lugares si queremos luchar contra la mentira y que vuelva a ser trascendental la frase de Jefferson.

Escrito por

Ex Vicepresidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), articulista de La Voz de Galicia, miembro del Grupo Crónica. Primer director de Noticias de Antena 3 Televisión. Premio Salvador de Madariaga. Antenas de Oro y Plata.

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