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“Black Mirror”: el libro de Job del ‘homo tecnologicus’ y el harakiri del humanismo

La miniserie Black Mirror (2011-) ha sido uno de los hallazgos de los últimos años en la ficción televisiva internacional. Empezó siendo un producto para el británico Channel4. Su showrunner es Charlie Brooker, avezado articulista del The Guardian y creador de interesantes series de género minoritarias, como Dead Set (2008-) o How TV ruined your life (2011-).

Al final de la segunda temporada, la compró la americana Netflix, que incrementó su número de episodios por temporada a seis y suavizó ostensiblemente su estética para abrirla a más sensibilidades. La operación ha funcionado, comercialmente hablando. Su audiencia se ha incrementado considerablemente. En ciertos aspectos, recuerda a la popular The Twilight Zone (1959-1964) en su propuesta: un retablo de episodios con tramas independientes pero que giran en torno a una temática similar; en este caso, el impacto del espejo negro (black mirror), que son las pantallas en la sociedad y el individuo.

Pese a que empezó escandalizando con un capítulo titulado “National Anthem” (1×01) -en el que el primer ministro británico acababa cometiendo un acto de bestialismo con una cerda en prime time televisivo-, su progresión narrativa nos ha llevado a escenarios tan imaginativos como inquietantes, tan fructíferos como exigentes. Sin llegar a los niveles de The Wire (HBO, 2002-2008), cuyo creador, David Simon, suele afirmar con convicción su “que jodan al espectador medio”, las historias distópicas de Black Mirror no permiten un visionado pasivo, estilo “tranquilo, majete, en tu sillón”. Constantemente obligan al espectador a sentir en sus propias carnes el malestar de los protagonistas, muchas veces atrapados en situaciones delirantes y absurdas. Por eso, deben abstenerse de su visionado todos aquellos que conciban la televisión como un mero mueble de entretenimiento y les moleste que interrumpan su desconexión sináptica masiva de la realidad, mientras se fugan a los paraísos artificiales.

¿Por qué nos gusta tanto Homo Deus?

La razón por la que esta miniserie se hace incómoda es que está montada para generar conciencia, más que para adormecerla. Recursos retóricos típicamente posmodernos, como la metaficción y la ironía, asoman incansablemente. Una vez tras otra, se te saca de la historia para que pienses y adquieras una visión crítica sobre determinadas actitudes típicas de nuestro día a día, como el fisgoneo, el exhibicionismo o los linchamientos digitales, como el populismo contra la casta, como la reducción del valor de la vida a lo que puedas hacer o comprar, etc.

La serie nos habla del harakiri del humanismo contemporáneo a través de la proliferación tecnológica. Como ha dicho Harari en su reciente bestseller, Homo Deus. Breve historia del mañana: “Durante trescientos años, el mundo ha estado dominado por el humanismo, que sacarina la vida, la felicidad y el poder del Homo sapiens. El intento de conseguir la inmortalidad, la dicha y la divinidad no hace más que llevar los antiguos ideales humanistas a su conclusión lógica (…). El auge del humanismo contiene asimismo las semillas de su caída” (p. 80).

Las estrategias desplegadas en los distintos capítulos para ilustrar este peligro inminente son muy diversas. Una de ellas consiste en poner sobre la mesa el mito del hombre invisible, fijado por H.G. Wells en su novela homónima (1897). El protagonista era un científico llamado Griffin que conseguía perfeccionar una técnica que lo convertía en transparente a la mirada propia y extraña. La consecuencia de aquello no solo era que en él crecía el mal y la megalomanía -tal y como desarrollaría posteriormente Tolkien en El Señor de los Anillos con el goloso anillo-, sino que su invisibilidad también provocaba que los demás lo ignorasen como hombre y lo concibiesen exclusivamente como un extraño o una amenaza. Es por eso que el protagonista acababa muriendo a balazos y palazos, a manos del pueblo, que solo se daba cuenta de su humanidad con la repentina visibilización de su cadáver, justo tras su muerte.

Son diversos los episodios de Black Mirror en los que respira este hombre invisible originado, no ya en un bebedizo, sino en la metastática tecnología. En White Bear (2×02), Shut Up and Dance (3×03), Men against Fire (3×05) o Hated in the nation (3×06), asistimos a uno de los métodos preferidos por nuestro sistema mediático para generar la invisibilidad de lo humano: la creación de monstruos, contra los cuales el público puede entregarse al linchamiento inmisericorde. Otra tendencia la detectamos en National Anthem (1×01), Fifteen Million Merits (1×02), Nosedive (3×01) o San Junípero (3×04), donde se consigue la eliminación de la humanidad de algunos personajes a través de la hipervisibilidad pornográfica de estos. En este caso, se les reduce a la mirada absoluta del espectador, imposibiltando desvelamiento alguno, haciendo desaparecer cualquier ápice de misterio y, por tanto, cualquier consideración del otro como persona.

Viendo esta serie, uno descubre diferentes técnicas para ignorar lo humano. Pero no lo hace como el fariseo que lapida al pecador, sino como el que descubre en sí mismo la tendencia a la destrucción. Por eso, Black Mirror no te deja igual, sino que te arrastra a una experiencia profundamente humana en la que no se te ahorran las molestias y donde las respuestas las tienes que encontrar tú con tus propios medios. Es una especie de libro de Job del “homo tecnologicus”. Solo que a Job Dios le respondió.

Escrito por

Periodista especializado en cine, televisión, literatura y cultura pop en general. También es escritor y profesor universitario.

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