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Vientres de alquiler . Conseguir un hijo a toda costa no es acorde con la dignidad humana

Todos somos originados y, por tanto, la filiación es patente. En consecuencia, la originación, es decir, la paternidad-maternidad, es algo que va inscrito en la naturaleza humana. Rechazarlo, trivializarlo, es rechazar, trivializar un don que poseemos. Los vientres de alquiler no son el medio por el que llegar al fin de la maternidad.

Es claro que todos tenemos la posibilidad de ser padres (en potencia). Y, si existe un impedimento al respecto, quitando el impedimento, siempre dentro de lo moral, de lo ético, pues el fin no justifica los medios de los vientres de alquiler, queda solucionado el asunto.

En los casos de infertilidad (de origen femenino o masculino), algunos desean una maternidad subrogada. Se trata de una madre portadora (gestante o, vulgarmente, vientre de alquiler) cuya función es llevar un embrión concebido por fecundación in vitro, generalmente con los gametos de los padres que quieren tener el hijo o con gametos donados, procedentes de una mujer y/o de un hombre ajenos al matrimonio o a la pareja en cuestión (heterosexuales, homosexuales o una persona que vive sola).

La paternidad-maternidad queda, así, dividida entre una madre gestante o portadora, una madre genética (que proporciona el óvulo), una madre educadora y/o un padre genético donante de esperma y un padre de intención.

El asunto es delicado, pues plantea múltiples cuestiones. Entre otras, las siguientes:

  • El ser humano viene al mundo como consecuencia de la unión de un hombre y una mujer, haya o no amor entre ambos. Aunque es loable el deseo de tener hijos, nadie tiene derecho a tenerlos, ya que el hijo no es objeto de derecho, no se puede cosificar. No es consecuencia necesaria de la unión de los dos sexos. Por eso, en la fecundación in vitro se rompe el significado unitivo del acto procreador.
  • En las técnicas de fecundación in vitro se pierden embriones (mueren en el proceso), hasta que se consigue que haya nidación, embarazo cumplido. En el proceso de fecundación in vitro no hay unión sexual, sino que se extraen los óvulos (quirúrgicamente), por una parte, y, por otra, los espermatozoides (por masturbación), produciéndose la fusión de la célula masculina y la femenina en laboratorio. Una vez conseguidos los embriones (en muchos casos, después de varios intentos), se transfieren estos al útero de la madre portadora. Tampoco se consigue la nidación, el embarazo, a la primera, con lo que se pierden varios embriones en los diversos intentos.

  • En el proceso se trata al hijo como algo (no alguien) que se cede al terminar el embarazo, recibiendo a cambio la madre portadora una remuneración, de acuerdo a lo estipulado en el contrato. Pero las cosas tienen precio; los seres humanos, no, y el útero, tampoco. Por otra parte, si el embrión, el feto, no está a la altura de lo que se espera (por ejemplo, si hay malformación), se suele plantear abortarlo. Y el aborto supone la eliminación de un ser humano, pues el ser humano existe desde la fecundación. 
  • Por otra parte, el embrión, el feto, el niño, no son objetos que se puedan regalar (vientres de alquiler altruistas): los argumentos aportados más arriba (excepto los referentes a la posible cuestión crematística) son igualmente válidos en este caso.
  • Hay que añadir que el útero no es una herramienta de producción, es un órgano femenino y, como tal, digno de respeto. En la maternidad subrogada hay instrumentalización de un útero. La madre portadora pone su cuerpo a disposición de los que lo requieren, siendo el instrumento de trabajo el útero, lo cual conlleva confusión entre embarazo y fabricación de una mercancía.
  • Podría argüir la madre portadora que es dueña de su cuerpo y con él puede hacer lo que quiera. Es libre. Sin embargo, el cuerpo, masculino o femenino, es un don, un regalo cuya dignidad no permite que se le pueda tratar como algo impersonal, como un objeto material neutro, de un valor solamente crematístico, variable según las leyes de la oferta y la demanda. Quizá esto explica que, en general, sean las mujeres más pobres las que se prestan a estas prácticas de vientres de alquiler; las mujeres ricas no tienen necesidad de ganar dinero por esta vía. El cuerpo va unido a la persona; de ahí viene su dignidad.

La unión emotiva entre la madre portadora y el niño que se desarrolla, que se mueve en su seno (vínculo materno-fetal) y cuyas células pasan a la circulación materna, ¿es de tal carácter que cuando termine el embarazo pueda la madre desprenderse de ese hijo (biológicamente adoptivo) de una forma abstracta, burocrática, de acuerdo al pacto establecido? El feto tiene una sensibilidad tal que en el interior del útero percibe la voz de la madre y de las personas que conviven con ella. Y oye el latido de la aorta y el movimiento de los intestinos de la mujer gestante. Es un vínculo materno-fetal bien comprobado, y en ambas direcciones, de modo que pueden darse alteraciones psicológicas (incluso psiquiátricas) en las madres que pierden el hijo y, sobre todo, si la madre es la que de forma activa se deshace del hijo.

¿Qué relación emocional se establece entre la madre portadora y el niño que biológicamente procede de otra mujer? ¿Es natural que un ser humano tenga dos madres?

Podría argumentarse que el matrimonio (la pareja), en uso de su libertad, puede conseguir un hijo por cualquier medio, como el de los vientres de alquiler. Pero no es un ejercicio de la libertad acorde con la dignidad humana, ya que el hombre no puede ser dueño de la vida de otro hombre. Aunque no es lo mismo, estas situaciones hacen pensar en la época en que se vendían y compraban los esclavos, que no eran considerados personas (por ejemplo, en la época del Imperio Romano).

¿Qué tipo de responsabilidad tendrá la madre portadora si contrae una enfermedad o adopta un comportamiento que conlleva riesgos (alcohol, tabaco, exceso de deporte, toma de medicamentos, etc.)?

¿Deberá el contrato prever un periodo de abstinencia de relaciones conyugales de la mujer portadora durante el periodo de implantación del embrión? ¿Queda a salvo así la vida privada de la mujer portadora (piénsese, por ejemplo, en una madre portadora casada)?

No es correcto hablar de adopción, pues en esta se acoge a un niño ya existente, sin padres; no es el caso de la maternidad subrogada. Y no es correcto hablar de terapia, pues la utilización de un útero portador no corrige (ni cura) la afección genital femenina o masculina al respecto. En este sentido, es equívoco hablar de salud reproductiva.

Benedicto XVI alertó en su primera encíclica contra la cosificación desenfrenada del ser humano que se impone a causa del relativismo en casos como los vientres de alquiler: “El hombre considera ahora el cuerpo como la parte solamente material de sí mismo que utiliza y explota de manera calculada (···). Nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano que ya no es la expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que se encuentra como relegada al ámbito puramente biológico (···). El ser humano se convierte en una simple mercancía”.

Escrito por

Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Fue Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid.

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