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En una sociedad de sexos no se puede tratar por igual a lo que no es acorde con lo biológico

El hombre y la mujer están destinados a la paternidad y a la maternidad, respectivamente. El sexo tiene como fin natural la procreación y no el placer. Eliminar una sociedad de sexos, derribar el lenguaje, tratar como igual a lo que no puede ser igual no es algo que pertenezca a la biología.

La persona es una totalidad cuerpo y alma, en que la condición sexuada (masculinidad/feminidad) es inseparable de ella, ya que no es un atributo sino un constitutivo esencial de la misma. Su sexo está en su modo de ser, corresponde al núcleo íntimo de la persona y afecta a todas sus dimensiones corporales/espirituales. La sexualidad binaria, masculina y femenina, tiene como fin la complementación de cada uno de los sexos con el otro, especialmente dirigida a la transmisión de la vida.

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Los sexos están diseñados para la procreación. Una utilización del sexo para otros fines es desnaturalizar su esencia. El sexo masculino hace referencia a la posibilidad de paternidad; el femenino, a la de maternidad. Y la actividad sexual, con su finalidad procreativa, va naturalmente con el placer consiguiente, haya o no fecundación. De forma similar a como el ojo está diseñado para ver, el sexo está programado, de forma natural, para la reproducción. Se cumpla o no, esta es su finalidad, su significado esencial. El placer, cuestión fisiológica, normal y legítima, va íntimamente unido a la actividad sexual, pero no es su finalidad. Por tanto, la búsqueda del placer como finalidad exclusiva no es natural.

Hablar de los dos sexos significa hablar de dos formas de ser persona, con similitudes y con diferencias que se expresan a nivel celular y corporal y también psicológicamente y neuralmente. Todas las células del varón tienen los cromosomas sexuales X e Y; y las de la mujer, X y X. Corporalmente, las diferencias son patentes, no solo a nivel genital, sino también en los aspectos morfológicos globales. Y, hormonalmente, también son patentes las diferencias.

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En lo que respecta al sistema nervioso, se sabe que el encéfalo del varón, aunque similar, es distinto que el de la mujer, al menos en cuanto a determinadas estructuras del mismo: es el dimorfismo sexual. Por ejemplo, la llamada área preóptica (situada en el hipotálamo, zona localizada en el “cogollo”, en el centro del cerebro), con funciones hormonales específicas, en el varón es dos veces mayor que en la mujer; es una estructura que después del nacimiento crece y más tarde decrece en las niñas. El cuerpo calloso, conjunto de fibras nerviosas que interconectan ambos hemisferios cerebrales, es mayor en la mujer que en el varón. Por otra parte, la sensibilidad en el varón es distinta que en la mujer. En líneas generales, lo visual tiene cierta preponderancia en el varón; lo táctil y lo auditivo es más destacado en la mujer. Y, psicológicamente, como es bien sabido, al mismo tiempo que hay semejanzas, hay diferencias entre los dos sexos.

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En cuanto al desarrollo del cerebro, hay que hacer constar que el cerebro del embrión, del feto, es masculino o femenino muy tempranamente. Es una condición determinada genéticamente. Durante toda la vida, el cerebro será masculino o femenino. La presencia del gen SRY en el cromosoma Y es esencial para la formación del cerebro masculino.

Y muy pronto surge el pudor, sentimiento de no dejarse observar, mirar, en lo que no se debe mirar (no es lo mismo ver que mirar). Y es que en el ámbito sexual interviene toda la persona, en su cuerpo y en su alma. Por eso se admite que se pueda hablar de almas masculinas y femeninas. En cierta medida, relacionado con este asunto está el hecho de que la corteza cerebral puede controlar al sistema límbico, en otras palabras, la voluntad puede dominar lo que es de otro nivel neural y orgánico. Los enfermos con lesiones de la corteza prefrontal pierden el pudor. Probablemente sea esta corteza e incluso la corteza cingular las relacionadas con la vergüenza, con el pudor. La corteza prefrontal es la zona más anterior del lóbulo frontal del cerebro; la corteza cingular (más desarrollada en la mujer que en el varón) se encuentra en la zona media, en la cara interna de cada hemisferio cerebral.

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Pero no se debe afirmar que todo esté localizado en el cerebro. Sería caer en el error de la frenologia: el localizacionismo cerebral a ultranza de los dos siglos pasados. Además, la persona no es solo cerebro. Es mucho más.

Filosóficamente, ontológicamente, el varón sale de sí mismo y se queda en la mujer y en los hijos. Para la masculinidad podría utilizarse el adverbio “desde”, y para la feminidad, “en”. Se trata de dos formas de ser con libertad y, por tanto, con voluntad para controlar los estratos más inferiores, comunes con los animales: el ser humano, sea varón, sea mujer, puede optar; puede controlar el instinto; el animal, en cambio, sigue obligadamente lo que le indican sus necesidades instintivas.

Al mismo tiempo, ha de considerarse la igualdad radical de los dos sexos, ya que existe un ser humano completo en ambos casos. Por eso, eliminar una sociedad de sexos, deconstruir el lenguaje, tratar como igual a lo que no puede ser igual no va con lo biológico.

Escrito por

Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Fue Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid.

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