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Los desafíos de la evolución (III) . ¿El fin de la jerarquía? ¿El hombre es un ser vivo más?

EVOLUCIONISMO Y TEOLOGÍA (III) La evidencia de que todos los seres vivos comparten una serie de genes ha derivado en argumentos contra la existencia de Dios. La jerarquía, sin embargo, sigue siendo un concepto necesario y defendible.

Siguiendo con esta serie de artículos que estamos dedicando a la evolución y su supuesto conflicto con la fe, ocupémonos ahora de otra idea de Charles Darwin aparentemente peligrosa para la teología. La evolución y los conocimientos genéticos posteriores dan cuenta de un gran parecido químico entre todos los seres vivos. Los genes pueden rastrearse y establecer una mayor o menor familiaridad entre especies. Y, como consecuencia de este análisis, se observan varios cientos de genes que están presentes en todos los seres vivos de la Tierra. La conclusión es clara: todos procedemos de un único ancestro común vivo. A dicho organismo se le ha denominado LUCA (Lastest Universal Common Ancestor) y se supone que fue una bacteria o arquea que vivió aproximadamente hace 4.000 millones de años.

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Si estamos unidos en un continuo evolutivo con todo ser vivo, si somos todos, en definitiva, parientes, incluso de las bacterias, muchos han visto una justificación idónea para acabar con la jerarquía. Desde la antigüedad existe una idea que clasifica la realidad en estratos jerárquicos. El primer escalón lo ocuparía la materia inanimada, seguido de otro donde se encontraría toda la materia viva, excepto el ser humano, que tendría reservado el tercer escalón. Más arriba, la escala culminaría en la divinidad. Estos distintos niveles jerárquicos eran considerados impenetrables entre sí. La ciencia, no obstante, ha demostrado que la vida surge de la materia inanimada y que, a partir de ese primer ancestro común, se va complicando hasta llegar al ser humano. A partir de este hecho, los materialistas dan a entender que, si la materia inerte no tiene pensamiento y el pensamiento surge por evolución desde esa materia inerte, pues parece más sencillo explicar que la autoconciencia no es más que un epifenómeno que emerge recientemente, debido a la complicación de la organización material. En el proceso de formación de la materia pensante, dicen, no parece que tenga por qué intervenir ninguna causa inmaterial agente. Un epifenómeno sería una cualidad explicable a partir de la suma de propiedades de las partes que lo producen, aunque para un observador externo tenga apariencia de ser una propiedad emergente, cualitativamente nueva.

Durante el siglo XIX estuvo muy extendida la teoría del vitalismo que, basándose en la idea de que la consecuencia nunca puede ser superior a su causa, no podía aceptar que de la materia inanimada surgiera la materia viva sin la intervención de un espíritu o principio vital (de ahí viene el nombre). Esto afectó mucho a la química de la época, porque se consideraba a la química inorgánica y a la orgánica completamente separadas. El famoso experimento de Friedrich Wöhler, en el cual a partir de cianato amónico obtuvo urea, supuso el principio del fin de esta teoría. El cianato es una sal inorgánica, mientras que la urea es un compuesto, ya entonces bien conocido, presente en los seres vivos. La caída del vitalismo supuso que a finales del siglo XIX ya se entendía que la vida podía haber surgido de la materia inanimada.

Respecto a la evolución de lo vivo, el viejo argumento de los creyentes de que la complejidad de la vida, en general, y del ser humano, en particular, fuera lo que hiciera improbable su formación espontánea a partir de la materia inanimada, es contestado por los ateos con el argumento del parámetro temporal. Cuando se comenzó a saber la dimensión del tiempo que abarca la evolución y la propia antigüedad del universo, se dijo que era suficiente como para que, por simple azar, pudieran darse los eventos necesarios para que se formara la vida compleja.

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Destruyendo la organización jerárquica mediante estos argumentos, los materialistas piensan haber destruido la visión religiosa sobre la presencia del hombre en la Tierra.

¿Cómo debería contestar la teología ante el hecho de que la jerarquía de lo no vivo, lo vivo y lo pensante haya desaparecido? Porque, para empezar, esto puede ser la causa de la dificultad en atribuir un valor inherente al hecho de la vida y un valor también específico a la vida del ser humano. La igualación de derechos y de valor que estamos viendo entre el ser humano y los animales, y también, de alguna manera, incluso con las cosas inanimadas, puede estar influenciada por las ideas cientifistas que tienen que ver con la desaparición de la jerarquía.

Algunos filósofos, como el musulmán Nasr, abogan por la existencia de una filosofía perenne, como una especie de resumen de rasgos comunes a toda filosofía y toda religiosidad humana. En esa filosofía perenne se incluye la jerarquía. Pero John F. Haught es más partidario de darle otro enfoque al tema, sin desprenderse del término jerarquía, que, por otro lado, etimológicamente significa origen (quia) en lo sagrado (hier). No debemos renunciar al término, por mucho que la alusión a lo sagrado les dé tanta alergia a algunos.

Por una parte, dentro del mundo de las ciencias se está volviendo a un concepto de jerarquía basado en los niveles de organización. La idea es que, a pesar de que un nivel de organización superior está formado por la adición de elementos procedentes de los niveles inferiores, sus propiedades no son la suma de las propiedades de dichos elementos, sino que surgen propiedades completamente nuevas. Así, un ser pluricelular complejo necesita, por ejemplo, aparato circulatorio y respiratorio, que es una novedad completa que no tiene nada que ver con el funcionamiento de los seres unicelulares. Es claro que estos aparatos no son epifenómenos, sino elementos reales y novedosos que no se explican con el mero hecho de juntar un montón de células iguales. Por tanto, si los niveles de organización suponen saltos cualitativos, la jerarquía existe y cualidades como la autoconciencia no tienen por qué ser meros artefactos irreales.

El ADN de cada uno de nosotros guarda más secretos de lo que podamos sospechar

Para explicar los saltos cualitativos, Haught prefiere acudir a la noción de información. Recorrer el árbol de la vida supone transitar por una línea creciente en cantidad de información. Y en ese crecimiento hay discontinuidades, hay saltos cualitativos. Esta introducción del concepto de información se plasma en el ADN, que es un código, pero no necesariamente tiene significado. Es como si escribimos letras sin ton ni son en un papel y de pronto esas letras empiezan a formar frases con sentido. Aunque el aumento en la cantidad de nucleótidos del ADN puede ser un continuo en la naturaleza, el cambio en el nivel de información presente en el mismo sí que puede suponer un discontinuo ontológico drástico. En esa discontinuidad es donde puede estar la jerarquía. Manuel Alfonseca (autor habitual de esta sección) suele recurrir a este mismo concepto y, en el caso del salto al ser humano, considera que se debe contar no solo la información contenida en los genes, sino también la información cultural, más si cabe desde que es globalmente accesible gracias a internet. Traducido a unidades medibles como son los bits, esta medición de la información implica un salto de gigante cuando se pasa del simio al hombre.

La información en sí misma no es nada material, pero es perfectamente real. Se puede recurrir a un símil procedente del taoísmo para explicarlo. Hay partes de un sistema que dan lugar a un concepto nuevo, alejado de la suma de las mismas. Las paredes, las ventanas y las puertas son elementos individuales que, cuando se ponen todos juntos, hacen que surja la función de una habitación. Pero, realmente, la habitación es un espacio al que se le da forma con las ventanas y las paredes, no es nada material. La información organiza el universo y le da una organización jerárquica, pero lo hace de una manera no invasiva, no interrumpe el punto de vista puramente científico de un continuo de elementos atómicos que evolucionan.

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El taoísmo dice que solo podemos entender el mundo si alcanzamos sabiduría para verlo con otros ojos. Los métodos impersonales de la ciencia moderna pueden evitar que podamos entender el mundo, porque nos fijamos tan solo en las paredes, las ventanas y las puertas, y no en el espacio que forman y en la funcionalidad que se alcanza con su organización para dar lugar a lo que denominamos habitación.

Las religiones nos dan la intuición de que lo más real es, en realidad, lo que está más escondido. Y eso lo dice muy bien san Pablo cuando nos explica que el poder de Dios se manifiesta en la fragilidad. La explicación teológica del mundo no debería estar en la forma en la que se ha llegado hasta el código, en la forma en la que se han construido las moléculas y se relacionan entre sí, sino en cómo han llegado a contener la información que poseen.

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Escrito por

Catedrático de Química Orgánica en la USP CEU y Licenciado en Ciencias Empresariales. Dirige el grupo de investigación de síntesis con compuestos organometálicos. Pertenece al grupo de trabajo Ciencia y Fe.

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