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El espacio como punto de concordia de la humanidad

Tras años de disputas por ver quién gana la carrera espacial, la Estación Espacial Internacional consiguió aunar esfuerzos para un proyecto común. La colaboración es fundamental para lograr un futuro en el espacio.

La exploración del espacio empezó hace unos setenta años, como continuación del esfuerzo bélico del Tercer Reich para desarrollar misiles balísticos (el cohete V-2) para bombardear Gran Bretaña y otros lugares sin necesidad de utilizar aviones.

Al fin de la Segunda Guerra Mundial, las dos nuevas grandes potencias (Estados Unidos y la Unión Soviética) reclutaron a los científicos y técnicos que habían llevado a cabo los avances alemanes en ese campo, para llevárselos a sus respectivos países y poner en marcha programas de exploración espacial, cuyo primer objetivo era, por supuesto, obtener ventajas en la Guerra Fría que acababa de empezar.

Como consecuencia de la Operación Paperclip (el programa estadounidense de captación), científicos alemanes tan importantes como Werner von Braun pasaron a trabajar en Estados Unidos. Un programa soviético equivalente (la operación Osoaviajim) hizo lo mismo con científicos alemanes, quizá menos conocidos pero igualmente eficientes. Con esta ayuda, ambas superpotencias comenzaron una carrera espacial que duraría varias décadas.

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El 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética demostró que se había adelantado en la carrera espacial al colocar en órbita el primer satélite artificial de la historia, Sputnik 1 (la palabra Sputnik, en ruso, significa ‘satélite’). Un mes después, el 3 de noviembre, los rusos lanzaron el Sputnik 2, con el primer ser vivo lanzado al espacio, la perra Laika. El 31 de enero siguiente, los Estados Unidos lograron poner en órbita su primer satélite, Explorer 1, demostrando que la ventaja soviética no era muy grande.

En los años sucesivos, la ventaja se ensanchó, pues los rusos fueron los primeros en llegar a la Luna (sonda Luna-2, 12 de septiembre de 1959); en fotografiar su cara oculta (Luna- 3, 4 de octubre de 1959); en llegar a Venus (sonda Venera-1, 12 de febrero de 1961); y en poner un hombre en el espacio (Yuri Gagarin, 12 de abril de 1961), cosa que la NASA no consiguió hasta casi un año después (20 de febrero de 1962). Finalmente, el 19 de junio de 1963, la sonda rusa Mars-1 fue la primera en alcanzar Marte.

A partir de ahí, la situación se invirtió. Con el proyecto Apolo, Estados Unidos tomó el relevo al frente de la carrera espacial, al conseguir poner al primer hombre en la Luna el 20 de julio de 1969. La carrera espacial continuó durante los años setenta con las primeras estaciones espaciales tripuladas: Salyut-1 de la URSS (19 de abril de 1971) y Skylab de la NASA (14 de mayo de 1973). Poco después comenzaba la colaboración espacial, con la primera misión conjunta soviético-estadounidense (Apolo-Soyuz, 17 de julio de 1975).

A partir de los años noventa, se produjeron cambios importantes en los programas espaciales. Por un lado, la desintegración de la Unión Soviética disminuyó el impulso ruso para seguir con la carrera espacial; por otro, la NASA frenó las misiones tripuladas al espacio después de las dos catástrofes del Transbordador Espacial Challenger (28 de enero de 1986) y del Columbia (16 de enero de 2003).

En 1998 comenzó la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), que desde el principio ha sido resultado de la colaboración internacional, pues la colocación del primer módulo tuvo lugar, por parte rusa, el 20 de noviembre de ese año, y la del segundo, por parte de la NASA, el 2 de diciembre.

Colaboración para un futuro común

Desde entonces, otros países han colaborado en el mantenimiento de esta estación: a los dos países iniciales se han sumado la agencia espacial europea (ESA), la japonesa y la canadiense. Estas cinco agencias han acordado un sistema de rotación que ha mantenido en la estación una tripulación permanente desde el 2 de noviembre del año 2000. Otros países, como Brasil e Italia, participan en proyectos de la ISS a título particular.

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Hoy se puede asegurar que la exploración espacial se está convirtiendo rápidamente en un proyecto internacional en el que participan numerosos países. En la ONU existe desde 1959 un Comité para los Usos Pacíficos del Espacio Exterior (COPUOS, por sus siglas en inglés), al que actualmente pertenecen 87 países, lo que lo convierte en uno de los comités más grandes de la Asamblea General de la ONU. España es miembro desde 1980.

Entre sus actividades está la Red Internacional de Aviso de Asteroides (IAWN), que tiene por objeto el estudio de los objetos próximos a la Tierra (asteroides, cometas, etc.), que podrían impactar contra nuestro planeta en el futuro próximo, para diseñar procedimientos de desviación previa de dichos objetos, o para tomar medidas para paliar este tipo de desastres, si llegan a producirse.

Durante sus últimos años, el físico Stephen Hawking adoptó una posición muy pesimista sobre el futuro de la humanidad, que veía amenazado por numerosos peligros. Como solución, propuso la exploración espacial, comenzando por la Luna y los planetas más próximos, y culminando, en un plazo de entre 200 y 500 años, en un programa de viajes interestelares sin retorno, que tendrían por objeto la colonización de planetas en sistemas solares distintos del nuestro. Un programa como este solo podría ser abordado a través de la colaboración internacional. ¿Sería esto suficiente para detener las luchas intestinas permanentes que impiden la concordia global de la humanidad? Dejo abierta la respuesta a esta pregunta.

Imagen de portada: Vista de la Estación Espacial Internacional desde el transbordador espacial Discovery | Flickr.com/nasacommons
Escrito por

Doctor Ingeniero de Telecomunicaciones y Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid. Premio Lazarillo en 1988 y Premio La Brújula en 2012. Autor de novelas como "Mano escondida" o "La aventura de Sir Karel de Nortumbria" y el diccionario de Espasa "1000 grandes científicos".

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