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Antidepresivos. Los riesgos de su consumo y de su retirada

El consumo de antidepresivos se ha disparado de manera alarmante. Urge una reevaluación no sujeta a intereses, pues estos fármacos pueden causar un síndrome de abstinencia severo y efectos secundarios similares a los de las drogas de abuso.  

La irrupción de la fluoxetina, conocida con el nombre comercial de Prozac®, en los años 90 del pasado siglo, como “fármaco de la felicidad”, contribuyó a que calase entre la población la idea de que los antidepresivos podían hacer mucho más fácil la gestión de situaciones tristes, desgraciadas o problemáticas –no necesariamente asociadas a cuadros depresivos-, mejorando la sensación de bienestar sin producir apenas efectos adversos. Como consecuencia parcial de este fenómeno sociosanitario, la prescripción y el consumo de antidepresivos en España y en otros países de nuestro entorno se ha disparado de manera alarmante durante las dos últimas décadas.

Aunque es una percepción generalizada entre los psiquiatras que los antidepresivos son fármacos útiles, la discrepancia es grande en relación con la duración recomendable de los tratamientos (más de 5 años, a veces), su utilidad para tratar los pequeños contratiempos vitales y la gravedad de los efectos adversos que puede ocasionar su consumo. En relación con este sujeto, a lo largo de 2018 estamos asistiendo a una fuerte polémica relacionada con la frecuencia con que los antidepresivos causarían un síndrome de abstinencia (SA) severo tras la finalización del tratamiento.

Los antidepresivos pueden tener efectos secundarios peligrosos

Frente a especialistas que sostienen que el SA que provocan estos fármacos suele ser ligero y relativamente breve, tal y como refleja un buen número de guías clínicas, una revisión sistemática de la literatura científica sobre este tema, publicada en la revista Addictive Behaviors por los británicos J. Davies y J. Read, sugiere que el SA puede ser extremadamente severo y compartir algunas de las características propias del SA a algunas drogas de abuso, e incluiría cuadros de ansiedad, insomnio, náuseas, alteraciones de la percepción sensorial, excitabilidad, dolores de cabeza, alucinaciones, disfunción sexual, irritabilidad, etc. La incidencia del SA, que podría prolongarse durante varios meses, sería superior al 50% y pone en entredicho la pertinencia de muchos tratamientos con antidepresivos que, por su duración o por prescribirse a pacientes con cuadros que no requieran tratamiento farmacológico, podrían no ajustarse a los criterios estrictos de uso de estos fármacos.

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Con independencia de todas estas consideraciones, el criterio principal que debe guiar la prescripción de cualquier medicamento es el de la relación entre el beneficio para la salud obtenido por su utilización y el riesgo de efectos adversos no deseados que supone su consumo, de forma que solo aquellos medicamentos que inclinen la balanza a favor de los beneficios tendrían un uso justificado. La prescripción de los antidepresivos es exagerada (a título informativo, datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios muestran que el consumo de antidepresivos se ha triplicado en España entre 2000 y 2013), lo que se debe probablemente a la flexibilización de los criterios de diagnóstico de depresión, a los nuevos diagnósticos para los que se utilizan estos fármacos, así como a la prolongación innecesaria de los tratamientos. Estos nuevos criterios de uso podrían estar aumentando el número de pacientes en una situación desfavorable, es decir, pacientes que se beneficiarían escasamente de la medicación a riesgo de sufrir, por ejemplo, un SA severo tras su retirada.

Urge, por tanto, una reevaluación, no sujeta a conflictos de intereses, del uso de los antidepresivos en la que se revisen las indicaciones y duración de los tratamientos y se den recomendaciones pertinentes a los profesionales sanitarios que los prescriben. Es también necesario potenciar la participación de los psicólogos clínicos, cuyo papel en el sistema sanitario español es muy limitado, en el tratamiento de la depresión, ya que la psicoterapia, sola o combinada con tratamientos farmacológicos, es una herramienta eficaz para tratar al paciente depresivo, presentando además la ventaja de suministrar herramientas que permiten al paciente manejar situaciones susceptibles de desencadenar nuevos episodios de depresión. Finalmente, se debería suministrar una información adecuada a los pacientes en cuanto a los riesgos que supone el tratamiento y, especialmente, la retirada del mismo.

Escrito por

Catedrático de Farmacología de la USP CEU. Doctor en Química por la Universidad de Barcelona.

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