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El ciclo de los antibióticos . Tratamientos personalizados para evitar quedarse a medias

Estudios recientes reconocen que los actuales ciclos de antibióticos provocan el abandono del tratamiento cuando la mejora del paciente es evidente. Sin embargo, una mayor individualización ayudaría a que no se produjeran efectos rebote. 

Cenando con unos amigos estos días de verano, les oí comentar que se había descubierto que ya no hacía falta completar los ciclos de los antibióticos. Que cuando uno se empieza a sentir mejor, cosa que sucede generalmente a los pocos días de comenzar el tratamiento, ya se podía dejar de tomarlos y así gastábamos menos fármacos y mejorábamos el problema de la resistencia bacteriana. Estos comentarios son un ejemplo más de cómo muchas veces una noticia científica corre de boca en boca y se tergiversa, para generar una opinión que puede llegar a ser ciertamente peligrosa.

El comentario procede de la publicación reciente en el British Medical Journal de un estudio sobre los posibles perjuicios provenientes de la obsesión por terminar los ciclos que habitualmente se prescriben para los antibióticos. El artículo señala que esta forma de utilizar los antibacterianos puede empeorar el problema de la resistencia bacteriana. En otro artículo de hace un par de meses, hablaba yo sobre este gravísimo problema, acrecentado por la falta de inversión en investigación para el descubrimiento de nuevos antibióticos. Supuesto que las infecciones actuales, en casi su totalidad, se pueden tratar con el arsenal existente, no resulta demasiado atractivo invertir en el desarrollo de nuevas moléculas capaces de atacar a las bacterias. Pero debajo de nosotros está creciendo un problema como si fuera el agujero de un queso gruyer. Las bacterias se van haciendo resistentes a los fármacos. Ya existen algunas cepas que prácticamente no responden a casi nada. Si llegáramos a la catastrófica situación en la cual las infecciones bacterianas no pudieran ser tratadas, estaríamos retrocediendo hasta los tiempos anteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando una pequeña herida infectada te podía llevar hasta la muerte.

Preocupados por esta situación, la idea generalizada es conseguir que se utilicen antibióticos exclusivamente para los casos necesarios y en las dosis imprescindibles. No solo se debe evitar que se prescriban antibióticos si no existe infección, lo que ahora se propone es que se ajusten a la perfección los tratamientos para cada tipo de necesidad y de paciente. Hasta ahora, se había puesto el acento en intentar que los pacientes no abandonaran al tratamiento antes de tiempo. Esto producía, en ocasiones, la reaparición reforzada de la infección, con la consiguiente necesidad de reanudar un tratamiento casi siempre más potente. Sería como golpear al patógeno sin acabar con él, lo que podría estimular su evolución hacia una mayor resistencia al fármaco. Para facilitar el cumplimiento de los ciclos de tratamiento, se habían seguido unas pautas compatibles con los esquemas mentales que todos tenemos para la medida del tiempo. Es decir, se habían utilizado unidades como la semana o la decena de días, sin que eso tuviera un motivo clínico detrás.

Los organoides y los fármacos del futuro

El estudio que estos días está en boca de todos demuestra que quizá se han excedido los tiempos de los tratamientos y, sobre todo, que se ha hecho tabla rasa, prescribiendo a todo el mundo más o menos lo mismo, independientemente del tipo de infección. Se estarían utilizando estos fármacos en un cierto porcentaje de exceso que conviene eliminar. La tesis de este estudio se fija en el principal efecto secundario indeseado de los antibióticos. La mayoría de las bacterias que pueblan nuestro cuerpo, en una relación de diez a uno respecto a nuestras propias células, son beneficiosas y nos ayudan, entre otras cosas, a digerir los alimentos. Los antibióticos no pueden distinguir entre las bacterias patógenas y las buenas y, una vez terminada su tarea de destrucción de los patógenos, continúan afectando a nuestra flora bacteriana. Esta situación puede debilitar el conjunto de bacterias buenas y dejar campo libre a las pocas bacterias resistentes y fuertes que hayan quedado vivas. El efecto de prolongar un tratamiento sería, pues, paradójicamente, reforzar cepas bacterianas resistentes.

Uso responsable de los antibióticos

Sin embargo, lo que propone el artículo no es en absoluto que la gente deje de tomar los antibióticos cuando sus síntomas mejoren, porque la infección en ese momento todavía no está vencida. Lo que propone el artículo es que los tratamientos se personalicen y se adapten a cada tipo de infección. De esta forma, algunas de las típicas pautas de los siete o los diez días de tratamiento que todos ya nos sabemos para las infecciones más habituales, dejarán de ser generales. En muchos casos, serán acortadas, incluso a uno o dos días, pero siempre por decisión del médico. Si a esta idea se une el desarrollo de las dosis personalizadas en la farmacia, puede que logremos una importante reducción en el uso de los antibióticos.

En definitiva, en temas como este, los movimientos pendulares son enormemente peligrosos. El que el estudio del British Medical Journal venga a matizar algo que se estaba haciendo razonablemente bien y pueda conseguir que se reduzca en un cierto porcentaje el uso de antibióticos no significa que vayamos a ir a extremos contrarios que nos lleven de nuevo a situaciones en las que las infecciones aparecen una y otra vez por no haber sido tratadas en su totalidad. Pero los antibióticos son preciosos defensores de nuestra salud. Su uso responsable es imperativo para todos. Se lo debemos a las generaciones futuras.

Escrito por

Catedrático de Química Orgánica en la USP CEU y Licenciado en Ciencias Empresariales. Dirige el grupo de investigación de síntesis con compuestos organometálicos. Pertenece al grupo de trabajo Ciencia y Fe.

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