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Ambiente obesogénico: más allá de las calorías

El sedentarismo provocado por los móviles, unido a una nutrición inadecuada, favorece un ambiente obesogénico entre los niños. Los alimentos de baja calidad prevalecen por ser rápidos y fáciles de consumir por los más jóvenes. 

Los niños son en la actualidad uno de los grupos de población más vulnerables, hablando en términos nutricionales. En los países desarrollados, y en concreto en España, las cifras de malnutrición por exceso son elevadísimas, aproximándose al 40%, lo cual implica que casi la mitad de nuestros niños pesan más de lo que deben. En esta escalofriante cifra tiene mucho que ver lo que se llama el ambiente obesogénico en el que están creciendo.

Este ambiente obesogénico es un conjunto de factores que favorecen ingestas calóricas excesivas y desfavorecen a la vez la práctica de una actividad física proporcional y adecuada, por lo que el resultado es un balance energético positivo que conduce a la ganancia de peso por encima de lo recomendable.

La obesidad infantil, causa de enfermedades crónicas, se puede prevenir con vida saludable

Entre los factores que favorecen las ingestas calóricas excesivas, hay que citar en primer lugar la presencia ubicua de alimentos cuyo consumo debería ser ocasional, como productos de bollería, repostería, galletería, chocolatinas, cereales de desayuno que son prácticamente mini-galletas, chucherías, refrescos, aperitivos salados fritos, embutidos, helados…  Tanto en superficies comerciales de todo tipo, como en cafeterías, máquinas expendedoras, hay una notable oferta de variedades de cada uno de ellos, todos con un valor nutricional similar.

En concreto, estos alimentos, pese a los actuales –y por cierto loables- procesos de reformulación a los que voluntariamente se están sumando numerosas industrias alimentarias, suelen aportar importantes cantidades de azúcar, ácidos grasos saturados e incluso ácidos grasos trans, sodio, entre otros, y su aporte vitamínico y mineral suele ser muy limitado.

Adiós a la pera, hola a las chucherías

Este tipo de alimentos goza de enorme aceptación entre la población infantil: son muy sabrosos, fáciles de masticar, no requieren preparación alguna más que abrir una bolsa o envoltorio (a diferencia de la fruta, por ejemplo, que hay que pelar), son cómodos de transportar, de conservar; en resumen, responden a muchas exigencias de la sociedad en la que vivimos: inmediatez, comodidad, placer.

Su consumo debería ser ocasional, pero la realidad es que muchas veces se consumen incluso varias veces al día o, en el mejor de los casos, varias veces a la semana, desequilibrando el perfil calórico de la dieta. El desayuno y las meriendas de media mañana y media tarde suelen ser los momentos más proclives para ingerir este tipo de alimentos. Un consumo ocasional debería ser inferior a una vez a la semana. Sin embargo, si cualquiera de los lectores de este artículo se para a pensar simplemente qué comió ayer, seguro que comió alguno de los alimentos arriba citados.

Con objeto de lograr un consumo ocasional, una recomendación habitual que se suele hacer es reservar la ingesta de estos alimentos para ocasiones especiales, como cumpleaños o celebraciones similares. Pero puede no ser suficiente: todos hemos asistido al espectacular incremento de la vida social de nuestros hijos, con cumpleaños o planes con amigos cada semana e incluso más de una vez a la semana, lo cual nuevamente conduce a una ingesta no moderada de algunos de estos alimentos.

El panorama empeora si pasamos a considerar el otro lado de la balanza, el otro gran factor del ambiente obesogénico: la insuficiente actividad física. En este caso hay que valorar, más allá de las horas de educación física del colegio o las actividades deportivas extraescolares, el tiempo que pasan a diario los niños y adolescentes sentados o tumbados delante de una pantalla (2-3 horas en España, de media), que puede ser la televisión, el ordenador, la tableta o el preciadísimo móvil, -“anillo de poder” de nuestra sociedad-, un apéndice ya de adultos y, desafortunadamente, cada vez a edades más tempranas de niños y, por supuesto, de adolescentes.

Ambiente obesogénico y móvil

En el caso de la televisión, además de la ausencia de actividad física, se suma el efecto de los anuncios de alimentos, con indiscutible influencia en la población diana. Haga el lector el sencillo ejercicio de pensar en los alimentos que se publicitan en la tele en horario infantil. ¿Recuerda algún anuncio promocionando el consumo de frutas, verduras, hortalizas…? Posiblemente solo recuerde el del plátano de nuestras queridas Canarias. A partir de ahí, las conclusiones son sencillas.

En este escenario, los niños y los adolescentes son los actores principales. De hecho, en España, el reciente estudio ANIBES de balance energético revela que las mayores ingestas de azúcares y grasas saturadas corresponden a estos grupos de edad. Pero, sin duda, la responsabilidad recae en gran medida en los padres. Los ritmos laborales, los horarios y estilos de vida son uno de los factores a su vez conducentes a estos hábitos alimentarios. Este tipo de alimentos facilita mucho la vida diaria, pero sin duda empeora la calidad de la dieta, el estado nutricional y, por tanto, la calidad de vida y la salud de nuestros niños y jóvenes.

Ante la pregunta “¿entonces, qué le doy para desayunar, de merienda, o para que se lleve al cole?”, hay algunos pequeños consejos que pueden ayudar y, al mismo tiempo, descargar las atormentadas conciencias de muchos padres, sin necesidad de recurrir a estrategias por el momento alejadas de nuestros hábitos alimentarios y poco realistas (galletas caseras de garbanzos, bocadillos de lentejas, etc.).

He aquí algunos de ellos:

  • Tener siempre en casa fruta fresca (se puede hacer la compra por Internet), apetecible, en su punto de madurez, fácil de comer, a la vista: mandarinas, uvas, fresas, plátanos, melón, sandía o, en cualquier caso, frutas de temporada. Enseñar a los niños a pelar la fruta. Preguntar a los niños qué frutas y verduras les gustan más.
  • Comprar pan de barra tradicional suficiente para la semana, trocear y congelar. Sacar cada mañana un trozo para el desayuno y para el bocata de media mañana (puede ser de queso, pavo en lonchas, atún, por ejemplo, y mejor si es integral).
  • Colocar las galletas al fondo del armario, en el estante más alto, en un envase opaco.
  • Limitar el tiempo de pantallas.
  • Promocionar planes activos con los amigos de los niños/adolescentes: excursiones a la montaña, paseos en bicicleta, patinaje…

En cualquier caso, recordemos que uno de los componentes de la alimentación es el aspecto placentero. Comer alguno de los alimentos ocasionales, no de forma habitual, sino esporádica, en el contexto de unos hábitos alimentarios moderados, puede contribuir al disfrute vital sin desequilibrar una dieta bien planteada.

Escrito por

Doctora en Farmacia​. Profesora Titular del Departamento de Ciencias Farmacéuticas y de la Salud de la Facultad de Farmacia de la USP CEU.

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