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El abuso de los antibióticos nos hará vulnerables a nuevas enfermedades

Tanto los médicos como los pacientes hemos sido culpables del abuso que hemos hecho de los antibióticos. Hemos desgastado irreversiblemente herramientas que podían servir a las generaciones futuras.

Cuando comenzaba a escribir la introducción a mi tesis doctoral, que versaba sobre la síntesis de nuevas entidades moleculares de tipo beta-lactámico, intentaba justificar mi investigación con el argumento de que el arsenal terapéutico para la lucha contra las infecciones bacterianas se estaba agotando, sin que en los últimos años aparecieran nuevos compuestos antibacterianos eficaces.

Muchas cepas bacterianas se estaban haciendo cada vez más resistentes y, para colmo, las grandes compañías farmacéuticas empezaban a perder interés en la investigación sobre antibióticos dado su escaso rendimiento económico y la falsa imagen popular de que cualquier infección bacteriana podía ser tratada y solucionada con los fármacos existentes en el mercado. Lo llamativo del caso es que yo escribía esto hace más de 20 años. La mala noticia es que desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar. Hay una crisis generalizada en el descubrimiento de fármacos que es particularmente aguda en el caso de los antibacterianos. La buena noticia es que el esperado (de forma inminente) desastre, es decir, la aparición de infecciones no tratables con el arsenal terapéutico actual, todavía no ha acabado de producirse.

Un número reducido de entes bacterianos producen enfermedades graves que hasta los años 20 del siglo pasado causaron miles de muertes

La mayoría de las bacterias que nos rodean son inocuas o tienen un efecto positivo para nuestro cuerpo y para el medio ambiente. No olvidemos que por cada una de nuestras células hay en nuestro cuerpo al menos 10 o 12 bacterias con las que convivimos y gracias a las cuales digerimos los alimentos, nos protegemos, etcétera. Sin embargo, un número reducido de entes bacterianos producen enfermedades graves que hasta los años 20 del siglo pasado causaron miles de muertes. La aparición, primero de las sulfamidas y luego de las beta-lactamas, produjo un cambio social de incalculables consecuencias salvando a miles de personas de morir por causas en principio triviales como una herida infectada o a consecuencia de infecciones post-parto.

Las bacterias limitan su genoma garantizando así una alta velocidad de replicación

Las bacterias limitan su genoma garantizando así una alta velocidad de replicación

El problema de luchar contra una bacteria es aparentemente sencillo si lo comparamos, por ejemplo, con el de la lucha contra el cáncer. Se trata de una célula muy diferente a la nuestra y por tanto con posibilidad de ser atacada en dianas distintas a las de nuestras células eucariotas. Por ejemplo, su envoltorio o pared bacteriana es muy complejo y tiene puntos débiles donde pueden reaccionar compuestos como las beta-lactamas (penicilinas, cefalosporinas y demás). Estos antibacterianos destruyen la pared matando la bacteria. Ya que se trata de una estructura no presente en nuestras células, los efectos secundarios generalmente se limitan a la flora intestinal y a veces tenemos molestias digestivas. Además, las bacterias compiten entre sí y disponen de mecanismos para destruirse entre ellas de los que podemos sacar ventaja y utilizarlos para nuestros fines.

El problema de luchar contra una bacteria es aparentemente sencillo si lo comparamos, por ejemplo, con el de la lucha contra el cáncer

El problema es que, al tratarse de células muy sencillas, su capacidad de evolucionar y mutar es grande y así, se adaptan a las nuevas situaciones rápidamente, lo que las convierte en resistentes a los tratamientos. Particularmente eficiente es su sistema de intercambio lateral de genes. En lugar de ir acumulando genes para distintas situaciones, las bacterias limitan su genoma garantizando así una alta velocidad de replicación. A cambio, son capacees de adquirir y ceder material genético con facilidad, con lo cual los fenómenos de resistencia se expanden rápidamente.

Tanto los médicos como los pacientes hemos sido culpables del abuso que hemos hecho de los antibióticos. Hemos desgastado irreversiblemente herramientas que podían servir a las generaciones futuras y hemos contribuido a que las bacterias de este mundo cada vez sean más resistentes. La realidad es que algunos patógenos como el estafilococo aureo, habitante frecuente de quirófanos y material sanitario, tan solo responden a un fármaco, es este caso la vancomicina, y están apareciendo cepas resistentes.

Tanto los médicos como los pacientes hemos sido culpables del abuso que hemos hecho de los antibióticos

El camino para encontrar nuevos antibacterianos pasa por estudiar la naturaleza y extraer nuevas moléculas químicas así como encontrar derivados y variantes de los antiguos fármacos. Lo más interesante sería encontrar compuestos que actúen de forma distinta. Por ejemplo, ciertos productos naturales procedentes de las raíces de los arándanos atacan a las bacterias estafilocócicas. No las matan, sino que impiden que formen agregados bacterianos. Estas colonias se pegan como biofilms a los tejidos del paciente y a los materiales quirúrgicos y son muy difíciles de combatir.

Con los sistemas sanitarios públicos volcados en la reducción de gastos, con un sistema de aprobación de fármacos cada vez más exigente y los costes de desarrollo de los fármacos en constante incremento, parece complicado que las grandes compañías se lancen a la investigación en nuevos antibacterianos. Será necesario un estímulo público y un trabajo de sensibilización social. La vuelta a la terrible era pre-penicilina no es imposible. Nos hemos acostumbrado a vivir las infecciones como una molestia pasajera y eso no tiene porque seguir siendo siempre así.

Escrito por

Catedrático de Química Orgánica en la USP CEU y Licenciado en Ciencias Empresariales. Dirige el grupo de investigación de síntesis con compuestos organometálicos. Pertenece al grupo de trabajo Ciencia y Fe.

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